La puerta verde

No se abrirán mis viejas alas de madera si no a quien de veras quiera escuchar el paso sosegado del templario que osó un día entrar a llorar su pena tras esas pobres paredes. Testigos únicos de su infortunio la talla humilde de San Blas, la cera derretida de las velas que Eufemia a diario prendía rogando el regrse de Alonso de Díaz, cruzado y fiel batallador a los moros en tierras santas.
A mis espaldas la nada, más allá la penumbra donde aún se oyen los gemidos, los llantos y sonido de las cuentas pasando junto a las aves maría. Junto al altar de granito, grís ennegrecido y áspero cayó fulminado por la espada del dolor Alonso.
